Cuentos de Domingo de Elma Murrugarra

Por Rossella Di Paolo

Creo que este libro chiquitito y delicado como un guisante o como una gota de agua (verde como el guisante y azul como la gota de agua), este libro digo, es capaz de contener un mundo, tal como escribió Odiseo Elytis: “El mundo entero brilla como una gota de agua”. Y es capaz también de tocar fibras muy sensibles, como el guisante que se hizo sentir por la princesa aun bajo una torre de colchones…

El mundo encantado de los cuentos de hadas y el mundo desencantado de todos los días pueden intercambiar papelitos, migas de pan, hilos, dibujos, uñas, fósforos en los poemas de Cuentos de Domingo. Día curioso, el domingo, porque tiene de fiesta y porque a la vez vive acercando su cuello al filo peligroso, terrible, del lunes. Por eso será que estamos ante un libro festivo, milagroso, tierno, frágil, eterno, agudo, triste… un libro agridulce como la casa de golosinas en medio del bosque, que ocultaba un horno feroz; o como la cofia delicadamente bordada de la abuela esa con la boca tan grande…
Y es curiosa también la palabra “cuentos” a la cabeza de 24 poemas. ¿Cuentos? ¿Mentiras? ¿Fábulas para pasar cada hora del domingo, distraídos del abismo del lunes; cada hora de la vida, distraídos de la muerte?

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Ocurre que cada breve poema de Cuentos de Domingo lleva por título una conocida historia infantil: “La bella durmiente”, “El soldadito de plomo”, “Hansel y Gretel”, “El gato con botas”, “El patito feo”… y les rinde un homenaje desde dos tiempos: el tiempo de la infancia, que recuerda princesas, castillos, ogros, sapos… y el tiempo adulto, que a todo ello le da un giro y una proyección de rara intensidad.

Creo que los hermanos Grimm, allá donde estén Jacobo y Guillermo, se sentirían complacidos con esta finísima relectura de sus cuentos, porque hay que saber que ellos no los reconocían como historias para niños por la crueldad que mostraban (pensemos, si no, en esos hermanos abandonados en el bosque por su propia madre, y que la censura exigió que se convirtiera en madrastra-, o en la bella Rapunzel prisionera en una torre y por la que un buen príncipe queda ciego). Ni qué decir de los cuentos de Charles Perrault, cuya "Piel de asno" nos pone la piel de gallina, pues trata de un padre que quiere casarse a la fuerza con su propia hija, y todo lo que ella tiene que hacer para huir del incesto. Espero que este cuento no inspirase al monstruo de Austria para hacer lo que hizo durante 24 años con su hija en un sótano… Qué triste que ella no tuviese la suerte de la princesa, y no pudiese escapar escondida bajo una piel de asno como en el cuento de hadas.

Les confieso que yo no había leído "Piel de asno" cuando era niña, y fue el poema de Elma el que me llevó hasta él. De paso, releí varios cuentos, siguiendo el orden que proponía el poemario… Qué divertido el reencuentro con las siete moscas muertas de un golpe por el sastrecillo valiente. Fascinante que un pedazo de queso le sirviera para ganarle al ogro en eso de exprimir piedras, o que un pájaro viajara más lejos, mucho más lejos que la piedra lanzada por ese mismo ogro… ¿no se parece eso a las fabulosas trasposiciones de la poesía? Y qué terrible e inteligente en el libro de Elma la asociación entre estas moscas y los lunares de una mujer asesinada: “Siete moscas / como pecados / tus lunares // el valiente no controló sus celos / atravesó la tela de tu pecho / hasta que diste el último pataleo // Siete lunares / como moscas / tus pecados”.

Pero también están aquí el buen amor de “El flautista de Hamelin”, o el tierno de “La niña de los fósforos”, o el tristemente perdido de “La reina de las nieves”. Cada pequeño poema nos trae, así, historias felices, infelices o truncadas, como son siempre las historias de amor. Bajo la varita del hada madrina -por el “había una vez”- todas fuimos princesas, todos fueron príncipes, y nuestro reino fue comer perdices hasta la indigestión, hasta que bajo el garrote mágico del hada madrastra las princesas nos volvimos brujas para los príncipes, y ellos se nos volvieron ogros más de una vez.

Dicho sea de paso, releyendo "La sirenita" de Hans Christian Andersen (salvada de las aguas kitsch de los dibujos animados), me quedé pensando algo que no creo haber pensado de chiquilla: ¿por qué la sirenita debió sacrificar su lengua para tener a cambio piernas humanas en vez de cola de pez, y atraer así al príncipe? ¿Qué es esto? ¿”Me gustas cuando callas porque estás como ausente”? Qué miedo si las mujeres tuviésemos que seguir callándonos/descerebrándonos para ser amadas.

Muchos cuentos de hadas parecen encadenarnos a la convención, pero estos sutiles Cuentos de Domingo escapan – escaleras abajo o trenzas abajo- de lo que en un verso se denomina “monjas fotos / mudas”, y en otro verso: “infantes ratas y compromisos”, al punto que "Caperucita Roja" puede bailar libremente con el lobo. Hasta el frágil y soñador castillo de arena que hace el más pequeño de los tres chanchitos es reivindicado aquí, a diferencia de los que levantan mansiones o edificios… y que, me permito añadir, deben de ser como los que insoportablemente se alzan hoy en Lima llevándose de encuentro el silencio, el cielo, las pequeñas casas con sus alegres jardines y niños jugando adentro.

También me llama la atención en este libro la sensación de tiempo acuciante, tan distinto del tiempo detenido -o el no tiempo- de los cuentos de hadas. De hecho, cada poema parece traer una hora y fracción de ese domingo anunciado en el título. Son 24 poemas y 24 las horas del día. A las 12 de la noche empieza el juego y sigue minucioso a lo largo del día y concluye al filo de las 12 de la noche. Dos medianoches, con su carga mágica de ser el tiempo de las transformaciones, de los plazos cumplidos… Tiempo tan breve y a la vez eterno -pues se repite cíclicamente- como es el tiempo de los amores. “Y por la eternidad / de aquella noche / vivieron felices / para siempre”, dice un verso aquí y es verdad. Tan verdad como lo que dice otro verso aquí: “vulnerable e inmortal humano”. Eso somos: una bola de paradojas que los sueños, los poemas, los cuentos de hadas formalizan misteriosamente, como ese pájaro turquesa que nos recibe en el epígrafe de este libro pequeño y sabio: “El pájaro turquesa canta versos en una lengua que no comprendo, pero alguien que no alcanzo a ver traduce.” (Luis Marré). En su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Bruno Bettelheim sostenía que esos cuentos expresan los deseos y temores inconscientes de todos nosotros. Encontrar a quien los traduzca… he allí la fiesta.

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La vocación lúdica de Elma conecta estos recientes Cuentos de Domingo con su primer libro, Juegos (2002); así como Al sur en Caral (2006) tendió hilos rituales y sociales con La función de la Parcas (2004).
Dicho sea de paso, es notable cómo pasan esas tres parcas de uno a otro libro de Elma con la consistencia de esos fantasmas de escritor de los que hablaba Sábato. Las parcas podrían estar detrás del hilo del cometa que aparece en el libro Juegos; de hecho, ya están en el poemario siguiente -La función de la Parcas- urdiendo esa difícil trama vital de dos personajes. Y creo que también están en el círculo que dibuja Caral sobre la arena, en esa ciudadela-redondela de rueca… y hasta en el hilo que sujeta las páginas de Cuentos de Domingo, por no hablar del poema titulado “Las tres hilanderas”, que no por casualidad es el primero y que además trae en su historia de un hilar tan fino aquello de “delicado es el trabajo de quererse”…

Juegos, hilos en incesante rotación para atrapar la belleza de lo que huye…
Cada libro ha ido haciéndose más pequeño en tamaño, pero más hondo y seguro en intensidad. Quizá el próximo libro de Elma se escriba en un botón de nácar o en un grano de arroz o en una sola palabra como en ese cuento maravilloso de Borges, “El espejo y la máscara”.
Cuentos de Domingo es tan inagotable como eran inagotables nuestras ganas de oír una y otra vez la misma historia cuando éramos niños…

Como en todo libro de cuentos, no podían faltar las ilustraciones, que aquí son de Juan Pablo Murrugarra V. Dibujos tan limpios y sugerentes como los poemas, y que por el hecho de estar en blanco y negro crean una sensitiva continuidad con las letras negras sobre fondo blanco que tanto amamos quienes amamos la literatura.

Creo que, entre muchas cosas, Cuentos de Domingo es un homenaje maravillosamente cifrado a la escritura, a sus instrumentos y a sus escritores. Homenaje a una escritura en prosa que puede ser verso y que nunca termina, enlazando infancia y madurez. Homenaje a ese soldadito de plomo o carbón que es cualquier lápiz que va perdiéndose, desgastándose mientras marcha valientemente con su único pie sobre el papel. Homenaje a un Príncipe, que allá, en su reino encantado, continúa escribiendo, “creando como un dios”…