AL FILO DEL ABISMO


Exactamente lo mismo que nos hace vivir, puede servir para matarnos. Te repito, Soledad mía, este oficio de tu padre es muy extraño. Yo creo que muchos de nosotros hemos colaborado para que un buen conjunto de seres se convierta en una especie de objetos fabricados en serie, embutidos en una educación estandarizada. Sacudidos cotidianamente por el inmundo rostro de la violencia, hemos ido olvidando, poco a poco, eso que algunos denominan la condición humana

El veneno de la violencia se desliza hasta nuestros más recónditos pensamientos, nos constriñe hasta hacernos olvidar que poseemos la palabra, que es el arma más preciosa cuando se usa como compromiso, como declaración de principios. Estas circunstancias, a menudo atroces, las intentamos enmascarar con trivialidades. En medio del desastre, nos justificamos escribiendo “para distraer al público”, para procurarle momentos de agradable evasión. Y si esto sucede con todos, ¿quién diablos escribe para buscar la condición del hombre? Condición que hoy día no es un juego ni es pasatiempo ni es –por los muertos que nos circundan– nada agradable…
La ciudad, esta ciudad donde naciste Soledad, da la impresión, pese a todos los trabajos que se toman los alcaldes por maquillarla y, de paso, obtener votos, de ser una aglomeración plana e inútil, habitada por una grandeza que sólo existe en unas melodías que ya pasaron de moda... Alguien, nosotros mismos, nos hemos venido robando el futuro sistemáticamente… Nos hemos tratado como objetos, entre todos –y aquí incluyo a tu propio padre– nos hemos preocupado tan enfermizamente de la muerte, que terminamos ya por no creer que el ser viviente, el hombre mismo, es una empresa mayor…
Preguntas, amor, si hay alguna esperanza. Te respondo. Es decir, lo intento: este universo de pesadilla nos ha vuelto cada día más tambaleantes; pero aún así, con tinieblas y todo, hay algo por allí que nos susurra que, a pesar de los pesares, el hombre es libre, que no es una máquina de matar o de producir. Y así que en medio de esta hecatombe donde nos descubrimos mortales, quizás sea confortable y hasta saludable comprender nuestra finitud, porque al fin de cuentas nos prueba que somos algo distinto a toda esa maquinaria indiferente y neutra que nos pretende llevar al abismo. Y nos podemos salvar…

De "Charlas con Soledad" de Jorge Salazar.