Para vivir escribo

Escribir hija mía, es un oficio extraño. Escribir, qué te digo, es tener confianza en la brújula propia, ese aparato que nos permite bucear en la frustración, tocar fondo en las nostalgias y reírte de los desbarajustes que armas. Se trata, Soledad, de gritar, batallar y litigar; luego salir al balcón aún a sabiendas que vuelan balas perdidas…

Se trata, otras veces, de revolver la basura, maldecir a ras de susurro por haberte metido en una fiesta de arena movediza. Escribo también, amor, para ahuyentar ese frío hasta los huesos que me cala desde la infancia. Por supuesto, hija mía, que es un privilegio. Se trata, lo sabes bien, de poner la vergüenza y el pecho a la intemperie…

Se escribe también para no morir, es decir, para tener siempre 15 años y no tener que pedir certificado de conducta a la corte de tantos enemigos que niegan de plano que tú existas. También escribo para volverme, cautamente, canalla y sonreírme a solas con interlocutores imaginarios. Y escribo, hija de mi alma, para irme a dormir sin ningún remordimiento.

Para poner a salvo las querencias, es decir, para entrar desnudo en el socavón de la infancia y flagrantemente perdonar a quien haya que perdonar, olvidar a quien haya que olvidar, besar a quien haya que besar, y encender hogueras de victoria sin exceso de palabras ¿me entiendes, amor?

Y escribo, Soledad, para -mientras tú duermes- buscar en la oscuridad aquel reflejo de la esperanza. Magnificar lo intrascendente es tarea dura: inventarse historias y leyendas, compartir el silbido del viento, meditar, reflexionar, caminar por la cuerda floja y regresar siempre de la soledad a la soledad. Y ponerte ese nombre, hija, para perpetuarla.

Escribir es como amar: es lo mismo. La comunicación mayor; vagar de nube en nube, tropezar con tu errante ternura, desafiar al tiempo e igual que el Llanero Solitario, estar siempre preparado para cualquier ajuste de cuentas. Quedarte sin territorio y estremecerte. Ganar la guerra y estremecerte. Cualquier palabra puede ser la muerte, su sopor. Para evitar la muerte escribo, es decir, para vivir escribo, Soledad, hija mía.


(de Charlas con Soledad de Jorge Salazar)